Todo lo que vivimos puede convertirse
en una puerta al despertar
Reflexiones, ensayos, libros y experiencias
para comprender la vida desde una mirada más profunda,
despertar la consciencia y reconectar con nuestra verdadera esencia.
Nuestra Historia
Mi camino al autoconocimiento
La base para sanar y comenzar a despertar
«No estás buscando la verdad. Estás recordando quién eres.»
No escribo estas páginas porque crea haber encontrado todas las respuestas. Tampoco porque tenga un mapa perfecto del camino o una fórmula capaz de aliviar el dolor de los demás.
Escribo porque, durante muchos años, busqué. Busqué en los libros, en las personas, en los logros, en las pérdidas y, sobre todo, en mí mismo. Algunas veces creí haber llegado al destino, solo para descubrir que el verdadero viaje recién comenzaba.
Lo que vas a leer no es una enseñanza, sino un testimonio. Es la conversación que me gustaría tener si un día alguien se sentara frente a mí, en un rincón tranquilo, y me preguntara con sinceridad:
¿Cómo llegaste hasta aquí?
No sabría responder con una fecha ni con un solo acontecimiento. Llegué a través de muchos caminos: algunos luminosos, otros profundamente oscuros. Llegué después de equivocarme, de perder, de volver a empezar, de resistirme a cambiar y, finalmente, de comprender que las respuestas que tanto buscaba afuera siempre habían estado esperando en mi interior.
Si estas palabras encuentran un lugar en tu corazón, no será porque intenten convencerte de nada. José Saramago decía algo que hago propio: intentar convencer al otro es, de algún modo, colonizar su mente. No es esa mi intención. Será, más bien, porque quizás alguna parte de tu propia historia reconozca algo de la mía.
Y antes de comenzar este viaje, necesito compartir contigo una certeza que nació de mi propia experiencia. No es una verdad para imponer, sino el fundamento sobre el que descansa todo lo que descubrirás en las próximas páginas.
¿Quién eras antes de despertar?
Si pudiera sentarme a tomar un café con el Héctor de hace veinte años, probablemente no nos reconoceríamos.
Era un hombre atrapado en la inercia del tener, un satélite girando alrededor de expectativas ajenas, convencido de que si lograba cumplir con todo, finalmente me sentiría completo. Mi identidad se medía en logros profesionales y resultados; confundía el valor de las cosas con el precio de tenerlas.
Mi comportamiento, siendo honesto, era una cadena de intolerancia y prepotencia. Vivía envenenándome con el estrés y con mis propias quejas, contagiando esa toxicidad a los que más quería y descuidando lo que realmente importaba: mi familia, mis afectos, la paz de habitarme a mí mismo.
Era un extraño en mi propia vida, funcionando en piloto automático, persiguiendo quimeras mientras me perdía lo esencial de la existencia. Mi zona de confort era, irónicamente, cualquier cosa menos cómoda. No sabía lo que era la empatía, porque no me la aplicaba ni a mí mismo. No sabía que el primer paso para despertar es, precisamente, reconocer que uno está profundamente perdido.
Soy analista de sistemas, consultor en tecnología. Pasé más de cuatro décadas resolviendo problemas con lógica, pensando en frío, desconfiando de todo lo que no pudiera medirse o demostrarse. Era bueno en eso. Muy bueno. Pero hay una diferencia enorme entre ser bueno resolviendo problemas ajenos y ser capaz de ver los propios. Esa diferencia me costó años entenderla. Y antes de entenderla, me costó casi todo lo que realmente importaba.
Una de las raíces de todo esto —aunque tardé décadas en verlo, sesiones de terapia mediante— fue un momento que en ese instante viví como pura felicidad: el nacimiento de mi hija. La confusión que vino después no estuvo en ella, sino en la forma en que yo interpreté ese amor inmenso que sentí al verla nacer.
Recuerdo la sala de partos con esa luz blanca y fría que tienen los sanatorios, el olor a antiséptico, el ruido sordo de los equipos. Y después, el silencio extraño que siguió al primer llanto. Me la pusieron en mis brazos y nos quedamos mirándonos unos instantes, conociéndonos. Esos ojitos entreabiertos, esa mirada húmeda y profunda que no sabía todavía qué era el mundo pero ya me estaba viendo a mí. Una ternura que, lo descubriría con el tiempo, conserva exactamente igual hoy.
Y en ese momento sentí algo que no esperaba. No era solo ternura. Era peso. Una responsabilidad que se me instaló en el pecho como una piedra grande y cálida al mismo tiempo.
Esta vida depende de mí, pensé.
Y esa frase, que en otro contexto podría haber sido simplemente amor, en mi cabeza se convirtió en una orden.
Alimentos. Ropa. Escuela. Techo. No podía fallarle. No me lo iba a perdonar.
Y ahí empezó la confusión. Confundí responsabilidad con identidad. Confundí proveer con amar. Confundí el tener con el ser. No lo hice con mala intención, lo hice con toda la convicción de un hombre que creía estar haciendo exactamente lo correcto, con los conocimientos, las herramientas y la conciencia que tenía en ese momento. Cada uno hace lo que puede desde el lugar donde está. Pero el resultado fue el mismo: me fui perdiendo de a poco, y me fui llevando puesto todo lo que tenía cerca.
Por supuesto que nada de esto fue culpa de ella. La confusión fue enteramente mía: la de un hombre que no supo separar el amor genuino que sentía de la exigencia que él mismo se autoimponía.
Hubo otro hecho, en otra época de mi vida —antes de que naciera mi hijo—, que también dejó marca. Eran tiempos en los que no sabía cómo arreglar mi vida, ni para dónde correr, ni qué hacer. En medio de esa desorientación, consulté a una tarotista. Antes de empezar la tirada, sin que yo le hubiera dado ningún dato, me preguntó si había tenido un hijo muerto. Fue una frase devastadora, sin ningún asidero en la realidad, que sin embargo se me clavó adentro durante años. Viví, literalmente, años de obsesión con esa idea.
De ahí nació mi recelo con ese tipo de consultas, y también las denuncias que hoy hago sobre ciertos terapeutas holísticos de dudosa seriedad.
Con el tiempo entendí que había caído en la trampa del New Age y sus oportunistas: el ego disfrazado de búsqueda espiritual, vendiendo certezas sobre vidas ajenas sin ningún sustento real.
¿Cómo fue el quiebre?
Hubo un momento en el que el suelo simplemente desapareció.
Mi vida no se estaba desmoronando solo por la crisis profesional que me dejó sin mi lugar de confort; el derrumbe era total. Me estaba separando, mi matrimonio se terminaba y, lo más doloroso, mis hijos empezaban a no reconocerme. Estaba cosechando la amargura que yo mismo había sembrado con mi prepotencia.
Fue en ese abismo, al sentir que perdía los vínculos que daban sentido a mis días, donde el bofetón de la realidad me obligó a frenar: o cambiaba mi mirada, o terminaba por perderme definitivamente en mi propio infierno.
¿Qué te enseñó el mundo de la tecnología sobre el ser humano?
La tecnología me enseñó que, aunque un sistema funcione a la perfección, no puede explicar la complejidad de nuestra humanidad. Pasé décadas gestionando lógica y procesos, solo para descubrir que las verdades más profundas no se encuentran en los manuales, sino en la experiencia directa.
Comprendí que perdí años buscando afuera lo que siempre llevamos adentro, y que mientras perdía el tiempo señalando culpables, el verdadero trabajo era otro: dejar de mirar hacia afuera para empezar a mirar hacia adentro. Solo así pude dejar de intentar entender procesos técnicos para empezar a comprender el sistema más complejo y maravilloso de todos: el alma humana.
¿Qué aprendiste de tus propios procesos de crisis?
De mis crisis aprendí que no son el fin, sino el terreno de siembra más fértil que existe. Entendí que el derrumbe es necesario cuando la estructura que hemos construido —basada en el ego y en expectativas externas— ya no tiene espacio para nuestra verdadera esencia.
Lo que aprendí, concretamente, se resume en cuatro certezas: el dolor como maestro de introspección, ya que la crisis me obligó a dejar de preguntar «¿por qué me pasa esto?» para empezar a preguntar «¿para qué me está pasando?»; la caída de las etiquetas, porque el estrés y la descompensación física y mental eran señales claras de que vivía en una irrealidad, intentando cumplir con moldes que no me pertenecían; el valor de la entrega, entendiendo que el verdadero servicio y la ayuda a los demás no surgen de la petulancia del ego, sino desde la humildad de quien ha sanado sus propias heridas; y la liberación del desapego, porque cuando soltás conscientemente no te abandonás, sino que te liberás, permitiendo que la verdadera paz interior sustituya al ruido de la mente.
En definitiva, mis crisis fueron la sacudida que necesitaba para entender que nadie puede hacer la introspección por uno mismo; el aprendizaje siempre llega desde adentro.
Podés hacer Feng Shui en tu casa, ir a terapia durante años, hacer constelaciones familiares, regresiones a vidas pasadas, consultar astrólogos, recitar mantras y afirmaciones —y todo eso seguramente puede sumar—, pero si no abrís el corazón y vas hacia tu interior, no pasa nada. El verdadero desapego no nace de penitencias ni de peregrinaciones, sino de percibir nuestra propia naturaleza, y eso solo se alcanza con esfuerzo propio: no hay Maestro externo que pueda hacer ese trabajo por vos.
A menudo cometemos el error de buscar afuera —en referentes, gurúes o fórmulas mágicas— lo que solo podemos encontrar en nuestro interior. Pero la vida, en su infinita sabiduría, nos pone a los maestros más exigentes y auténticos frente a nuestros ojos: nuestros hijos. Ellos nos enseñan, con su sola presencia y sus propias batallas, que no hay atajos.
Al final, el despertar no es seguir a otros; es atreverse a conocerse para, simplemente, regresar a casa.
Y si te equivocás, no es el fin. Retomá el camino. No vas a comenzar de cero: vas a continuar desde tu propia experiencia.
¿Qué creencias tenías hace veinte años que hoy ya no sostenés?
Hace veinte años, mi vida estaba construida sobre pilares que hoy, con la perspectiva del camino recorrido, he dejado atrás por completo. Creía firmemente que el valor de una persona se medía por su éxito externo y su capacidad de tener, priorizando siempre los logros profesionales por encima de mi ser y de mis afectos. Estaba convencido de que la felicidad era algo que seperseguía afuera y de que, para sentirme validado, debía actuar como un satélite de las expectativas ajenas.
En ese proceso aprendí algo fundamental sobre el ego: al contrario de lo que muchos predican, el ego no es un enemigo a destruir, sino una herramienta necesaria para nuestra experiencia terrenal. El problema no es el ego en sí, sino quién toma el mando. Mi error era dejar que el ego fuera el capitán de mi barco, alimentándolo de pretensiones y petulancia.
Esa soberbia del ego se manifestaba en dos trampas en las que caí constantemente: creer que existen maestros, gurúes o figuras externas que pueden allanar el camino por nosotros, cuando hoy sé que nadie puede hacer la introspección por uno mismo; y pensar que ayudar a los demás es un acto que nace de una posición superior, en lugar de entenderlo como un intercambio humilde y humano.
Hoy mi trabajo no es eliminar esa parte de mí, sino reconocerla y mantenerla en su lugar, permitiendo que sea mi consciencia la que dirija el timón, poniendo el ego al servicio de mi ser y no al revés.
¿Qué lugar ocupan el Yin y el Yang en tu proceso?
Durante años viví instalado en un solo modo: el de hacer, resolver, controlar. Ese es el registro que la vida me pidió desarrollar primero, y lo hice con creces. Pero con el tiempo entendí que ese modo era solo una mitad de lo que soy.
Biológicamente llevamos ambos cromosomas, el X y el Y; no es casual que también carguemos, en lo emocional, esas dos energías que en Oriente llaman Yin y Yang. Durante mucho tiempo le di todo el espacio a una sola de ellas —la razón, la acción, la exigencia— y dejé casi sin lugar a la otra: la que permite sentir, ablandarse, llorar si hace falta, escuchar antes de responder.
Aceptar esa otra parte no fue perder fuerza; fue, recién ahí, empezar a estar completo. Reconocerla no tiene que ver con una etiqueta ni con un rol impuesto, sino con algo mucho más simple: animarme a expresar lo que sentía, en lugar de seguir tapándolo con productividad. Sanar, en gran medida, fue eso: dejar de huirle a esa mitad propia y empezar a integrarla.
¿Cuál fue el libro que más te transformó?
El libro que marcó un antes y un después en mi vida fue, sin duda, mi primer gran maestro: El caballero de la armadura oxidada, de Robert Fisher.
Fue un regalo de mi hijo, cuando él apenas tenía diez u once años. Recuerdo vívidamente cuando me lo entregó con un mensaje simple pero contundente: «leelo, que te va a hacer bien». Aquellas palabras fueron el verdadero disparador. En aquel momento sentí que ese libro era un mensaje directo, un llamado a la acción que no podía ignorar. Me obligué a releerlo tantas veces como fue necesario, con una persistencia absoluta, hasta que finalmente logré desentrañar su mensaje. Fue esa lectura la que encendió la primera señal y dio inicio a mi largo camino hacia adentro, enseñándome que cuando cambiamos la forma de ver el mundo, el mundo cambia de forma para nosotros.
Después llegó Shimriti, de Jorge Bucay, un título que en su origen evoca la idea de un recorrido de la ignorancia hacia la sabiduría. Si el primer libro fue el llamado, este fue el mapa: la confirmación de que buscar sabiduría no es acumular certezas, sino animarse a que la vida —con sus incomodidades y sus golpes— nos vaya despertando poco a poco a la libertad. Entre uno y otro se fue tejiendo el hilo que después reconocería en cada corriente filosófica y espiritual que estudié: la respuesta nunca estuvo afuera, en el gurú de turno, sino en la disposición a mirar hacia adentro.
¿Qué lugar ocupan tus hijos y tus nietas en este camino?
Ya los fuiste conociendo en estas páginas: mi hija, con quien todo empezó y de quien recibí, sin que ella lo supiera, el primer llamado de atención de todo este camino; y mi hijo, que —más profético que inocente— me regaló la primera llave para empezar a andarlo. Cada uno a su manera, ambos me enseñaron antes de que yo estuviera listo para aprender. Como ya dije, la vida nos pone a los maestros más exigentes y auténticos frente a nuestros ojos: nuestros hijos. Lo que todavía no conté es que, gracias a mi hija, tengo también dos nietas que llegaron a recordarme, sin proponérselo, muchas de las cosas que este camino me fue enseñando por otras vías.
Ya mencioné cómo, en medio del derrumbe, sentí que mis propios hijos empezaban a no reconocerme; fue una de las señales más dolorosas de que algo en mí tenía que cambiar de raíz. Y también conté cómo mi hijo, con apenas diez u once años, me regaló sin saberlo la primera llave de todo este recorrido, cuando me entregó El caballero de la armadura oxidada con un simple «léelo, que te va a hacer bien». Tiempo después, ya viendo cómo ese libro me había comenzado a cambiar, había comenzado a hacer un curso de Meditación trascendental, me dijo otra frase que se me quedó grabada para siempre: «cuando cambiás la forma de ver el mundo, el mundo cambia para vos». Esas dos frases, dichas con la inocencia de un chico, tuvieron más peso que cualquier libro de filosofía que leí después. Muchas veces pienso que los niños llevan una sabiduría innata que todavía no ha sido tapada por el ruido, y que por eso, sin buscarlo, terminan enseñándonos más que cualquier maestro.
Con mi hija aprendí algo distinto pero igual de necesario: a acompañar sin querer dirigir, a estar presente sin imponer mi propia mirada sobre la suya. Y mis nietas me enseñan, cada vez que las veo, algo que ningún libro ni ninguna corriente espiritual me había explicado tan bien: que la pureza con la que un chico habita el presente es, quizás, la forma más honesta de despertar que existe. Ellas no necesitan leer nada para estar ya en casa.
¿Qué autores o corrientes espirituales te influyeron?
Uff, la lista es gigantesca. Pero si rasco en la superficie de mis influencias, encuentro tres cimientos que sostienen todo lo que soy hoy: la lucidez de la filosofía presocrática, la riqueza de los Principios Herméticos y el fuego del Bhakti como pura devoción.
Prefiero empezar por el Bhakti, porque es el motor que lo mueve todo. Como lo llaman en la India, es la entrega pura, el amor manifestado en tu vida. Es la rendición del ego —reconociéndolo como una herramienta necesaria, pero puesto al servicio de algo mayor—. No es un ejercicio intelectual: es convertir cada día y cada relación en una ofrenda.
A esto le sumo el Kybalion, porque como analista de sistemas, encontrar en las leyes herméticas un orden lógico que explica lo invisible fue un hallazgo fascinante. Esas leyes operan con la precisión de un algoritmo, dándome un mapa de la realidad que me permitió comprender el «detrás de escena» de nuestra existencia. Hay un principio ahí que muchos leen mal: «como es arriba, es abajo». La mayoría lo interpreta como una referencia literal al cielo y a la tierra, pero para mí habla de algo mucho más íntimo: de la correspondencia entre la mente y el corazón, entre lo que pensamos y lo que sentimos. Y de ahí se desprende algo que sostengo desde hace tiempo: el cielo y el infierno no son lugares a los que se va después de morir, sino estados de consciencia que habitamos aquí, ahora, según qué tan alineados estén nuestro pensar y nuestro sentir.
Finalmente, están los presocráticos, cuyo interés nació de un curso de filosofía comparada entre Oriente y Occidente. Me atraparon porque fueron los primeros en atreverse a mirar la naturaleza y el ser sin las muletas de los mitos heredados. Ese fue mi camino: alejarme de las construcciones posteriores —como el mito de la caverna de Platón, o la teosofía— para ir a la fuente primordial, el origen de todas las cosas, observado con los ojos limpios y sin los dogmas impuestos.
Hay un libro más que no puedo dejar afuera de esta lista: La Matriz Divina, de Gregg Braden. Lo que me atrapó de esa lectura fue ver, con nombre y apellido, experimentos científicos recientes que confirman algo que la sabiduría antigua —el hinduismo, con varios miles de años de historia, entre ellos— ya sostenía desde siempre. Braden repasa investigaciones sobre el llamado efecto fantasma del ADN, donde un fragmento de material genético parece dejar una huella detectable en el espacio incluso después de haber sido retirado, y experimentos de física cuántica sobre partículas que permanecen conectadas entre sí a pesar de la distancia que las separa. Para mí, esos hallazgos no hacen más que poner en lenguaje de laboratorio lo que las tradiciones védicas ya describían hace milenios: que todo está entretejido en un único campo de consciencia, y que nada de lo que somos está realmente separado del resto. La ciencia, en definitiva, está empezando recién ahora a alcanzar con instrumentos lo que la intuición espiritual ya había alcanzado hace miles de años.
¿Qué cosas te siguen generando dudas hoy?
Hoy mis dudas no son un obstáculo, sino el motor de mi equilibrio. Me pregunto constantemente cómo integrar, sin contradicciones, mis dos mundos: seguir trabajando profesionalmente con la misma rigurosidad de siempre, mientras profundizo en el camino de difusión de la consciencia para quienes están listos para escuchar.
Hay días en que esas dos partes de mí conviven con una tensión sana: la que necesita datos, procesos y verificación, y la que se anima a hablar de cosas que no se pueden medir con un instrumento. Durante mucho tiempo pensé que tenía que elegir un bando, que no podía ser al mismo tiempo el analista riguroso y el buscador de lo invisible sin resultar incoherente. Hoy sé que esa supuesta contradicción era, en realidad, otra etiqueta más de las que este camino me fue ayudando a soltar.
También dudo de mí mismo, y no lo digo como falsa modestia. Dudo si estoy comunicando bien lo que siento, si encuentro las palabras justas para acompañar sin imponer, si cada día logro sostener en los hechos lo que predico en las palabras. Esa duda no me paraliza; me mantiene despierto, atento, evitando el peor de los errores: creer que ya llegué y dejar de escuchar.
Entendí que no debo elegir entre uno y otro, sino aprender a habitar ambos espacios con la misma honestidad. La duda ya no es un freno; es la señal que me recuerda que, mientras siga caminando, todavía tengo mucho por aprender y por compartir.
¿Qué te gustaría que la gente entendiera sobre la espiritualidad, y que suele malinterpretar?
Decir «soy espiritual» a veces suena tan vago como decir «soy de acá nomás». Enseguida viene la pregunta obligada: ¿espiritual de qué tipo? Porque, siendo estrictos, hasta los arcontes —esas entidades de consciencia oscura de las que hablan las tradiciones gnósticas— también son espíritus.
Bromas aparte: somos espíritus teniendo una experiencia terrenal, y eso es precisamente lo que más me gustaría que la gente comprendiera sobre la espiritualidad: no tiene nada que ver con fórmulas mágicas ni con los atajos que hoy nos vende esa falsa New Age. Muchos inescrupulosos han transformado la necesidad emocional de la gente en un negocio, creando una industria del despertar donde, en lugar de invitarte a ser libre, te vuelven dependiente de maestros, gurúes o técnicas externas.
Y hay algo más de fondo que también me parece necesario nombrar: la lucha entre la luz y la sombra no es una invención moderna, existe desde siempre. Distintas tradiciones le pusieron distintos nombres —el Yin y el Yang, el bien y el mal, los arcontes frente a la chispa divina que somos— pero en el fondo describen lo mismo: una tensión constante entre lo que nos empuja a dormir, a quedarnos atrapados en el miedo y en la ilusión de separación, y lo que nos empuja a despertar, a recordar que somos luz encarnada. Reconocer esa lucha no es motivo de miedo, sino de responsabilidad: cada uno elige, todos los días, con sus pensamientos y sus actos, hacia qué lado inclina la balanza.
Para mí, Dios es la Consciencia misma; no meramente el creador, sino la esencia misma de la creación. No se trata de una entidad separada, superior y condenatoria, como la mayoría de las religiones lo pintan. Al concebir a Dios como algo externo a vos mismo, te desconectás de la Fuente y te convertís, instantáneamente, en un ser limitado. Es más bien una fuerza, una energía divina, una frecuencia que reside dentro tuyo y de todos nosotros. Ese Espíritu es la fuerza que moviliza todo eso, y se encuentra omnipresente: en nosotros, en la naturaleza, en el universo, en cada nacimiento y en cada tránsito hacia la muerte, sea de un ser humano, un animal, o cualquier forma de vida.
Al abrazar esa comprensión, tu Ser se transforma en un reflejo radiante, como el sol que ilumina el cosmos. Tus acciones se impregnan de esa luz, irradiando calidez, compasión y sabiduría a tu alrededor. Tu sola presencia empieza a funcionar como un faro, inspirando a otros a buscar esa misma conexión con la esencia divina que ya habita en cada uno.
Es vital entender que no hay nadie allá afuera que posea la verdad sobre tu propia vida. Como sugería Rumi, todo lo que buscás ya está en tu interior, esperando ser reconocido. La verdadera espiritualidad es un camino de introspección profunda, no de dependencia. Ya lo intuía Platón con su concepto de la anamnesis: el conocimiento no es algo que adquirimos desde afuera, sino algo que el alma ya sabe y que solo necesita recordar.
El camino es soltar el ruido, dejar de buscar culpables afuera por lo que nos sucede, desconfiar de quienes se suben a un pedestal y empezar a escuchar esa voz interna que siempre estuvo ahí. Tu alma ya conoce el camino de regreso a casa; solo necesitás la valentía de dejar de buscar afuera lo que siempre estuvo en tu propio centro.
Más allá de las técnicas y las prácticas puntuales, la autosanación es, en el fondo, un viaje de autodescubrimiento y transformación. Es un camino que nos invita a mirar hacia adentro, a confrontar nuestras sombras y a abrazar nuestra luz; un proceso de aceptación incondicional de nosotros mismos, con todas nuestras imperfecciones y virtudes. Pero para que ese despertar sea real, primero hay que sanar. No podemos avanzar si arrastramos heridas abiertas que nublan nuestra mirada. Sanar emocionalmente es el paso indispensable; un camino arduo, sí, porque requiere valentía para mirar donde otros no quieren, pero profundamente fructífero, ya que es lo único que nos permite caminar con la liviandad necesaria para encontrarnos, finalmente, con nuestra propia verdad.
¿Qué significa para vos despertar?
Para mí, despertar no es alcanzar un estado místico ni convertirse en una figura iluminada; es, lisa y llanamente, regresar a casa.
Mucho de lo que tuve que desaprender tiene raíz en cómo fui criado. Nací en 1951, en lo que hoy se llama la «Generación Bisagra», en una sociedad todavía bastante segregada por el origen inmigratorio —italianos, españoles, y hasta divisiones dentro de la misma colectividad, como el recelo entre italianos del sur y del norte que viví en carne propia—. Yo mismo soy una mezcla intensa: padre calabrés, madre criolla de La Pampa e hija de vascos. Con esa combinación, ¿cómo no iba a salir rebelde y tozudo?
De esa época rescato algo y también señalo una herida. Lo que rescato: la escuela pública nos mezclaba a todos sin distinción de clase social, y eso me dio, desde chico, una aceptación natural de la diversidad. La herida: crecimos en una sociedad profundamente patriarcal, atravesada por prejuicios religiosos que se imponían por la fuerza del más fuerte sobre el más débil —en el matrimonio, entre padres e hijos, y en particular sobre la sexualidad—. Crecí escuchando frases que hoy me avergonzaría escuchar en boca de un chico, alimentadas también desde ciertos sectores religiosos que, todavía hoy, siguen discriminando por orientación sexual o desconociendo uniones fuera del matrimonio religioso. Para mí, esas son interpretaciones puramente terrenales, no divinas.
Saltar esos cercos, uno por uno, fue parte del trabajo de toda una vida, hasta llegar a una convicción que hoy sostengo sin fisuras: todos somos iguales, y todos portamos una parte de la misma chispa divina.
Cuando nacemos, el mundo nos recibe asignándonos etiquetas: un número de DNI, una nacionalidad, una religión o una ausencia de ella, roles y expectativas que moldean nuestro camino. Jiddu Krishnamurti se preguntaba algo que nunca dejó de acompañarme: si al identificarnos por la nacionalidad, la religión o la bandera que sea, no estamos en el fondo separándonos del resto, sosteniendo una forma de segregación diseñada para dividirnos, cuando la realidad es que todos somos uno, parte de la misma fuente de Luz, un fractal de ella. Despertar es, precisamente, el acto de quitarse todas esas capas de ruido —ese personaje diseñado para encajar, el ego que exige reconocimiento, la máscara impuesta para sobrevivir— hasta reencontrarnos con lo que siempre fuimos.
Es el acto profundamente humano de dejar de correr tras quimeras externas para habitar, finalmente, nuestro propio centro. Es entender que no hay que buscar la divinidad en un pedestal, sino reconocerla en lo simple, en la empatía y en la aceptación de nuestra propia humanidad.
Llegamos a este plano con una vida por delante, con misiones que cumplir y con todas las verdades ya dentro nuestro. Así que manos a la obra: no te distraigas.
Hay, para mí, una señal concreta de que ese despertar está sucediendo: cuando lo que pensás, lo que decís y lo que sentís empiezan a alinearse. Mientras esas tres partes de uno tironean en direcciones distintas, seguimos actuando desde el personaje. Recién cuando pensamiento, palabra y sentimiento dejan de contradecirse, uno puede empezar a decir, con honestidad, que está despertando.
No hay que confundir despertar, o crecimiento, con perfección. Despertar es ensuciarse, tropezar, desaprender y volver a empezar, todas las veces que haga falta.
Regresar a casa es volver a ser uno mismo, sin filtros y sin pretensiones. Y, en última instancia, despertar es ver el amor manifestado en tu vida.
Como decía Wayne Dyer, sea cual sea la pregunta, el amor es la respuesta. Para mí, esa no es una frase inspiradora más: es la principal ley universal, la que sostiene todo lo demás.
Epílogo
Nada de esto lo escribo desde un lugar de haber llegado. Sigo caminando, sigo dudando, sigo integrando mis propias sombras cada día.
Si algo de todo esto resuena en vos, no fue casualidad que estas páginas cruzaran tu camino. Quizás sea, simplemente, tu propia alma reconociendo algo que ya sabía. No te pido que me creas; te pido que te animes a mirar hacia adentro, con la misma honestidad con la que yo intenté escribir esto.
Parte de ese proceso quedó también volcado en «La Autosanación: Una visión holística del SER» (Kier, 2ª edición) y en la novela «Cuando el Alma recuerda» (Tinta Libre), una ficción que, sin embargo, tiene mucho de mí, ya que nació de la lectura de registros akáshicos y de un encuentro que, en esta vida, se transformó en la compañía serena que hoy camina a mi lado.
Más adelante, y con la misma humildad con la que empecé este camino, espero compartir «El Despertar Consciente» y «El Despertar sin Filtros».
Héctor M. Amodeo – En Unidad y Amor Ascensional.
Sanar para Despertar.